lunes, 29 de octubre de 2012

De lobos y un partido de rugby

Hubo un tiempo en el que algunos de ellos tuvieron la peregrina idea de catalogar al XV como el del Lobo. Se llegaron incluso a emborronar algunos folios con furiosos trazos que representaban a dicho animal. Sin duda, buscaban con ello simbolizar el orgullo y el coraje del equipo. La valentía del lobo no es como la del presuntuoso león. En realidad, el rey de la selva es una suerte de colosal gato acomodadizo y dependiente de su harén de feroces y celosas hembras. No, sin duda el lobo está hecho de otra pasta. Su máxima reside en su obcecada persistencia, a no rendirse jamás.

Como delanteros, o como tres cuartos, jamás hay que retroceder, por grave que fuese el aprieto en el que estuvieran metidos. Era indispensable negarse a ceder un solo palmo del terreno que tan arduamente habían conquistado. Y eso era lo más temible, y terrible, de todos los miembros de esa suerte de raza de lobos. En cuanto alguno de ellos tomaba una posición, siempre estaba dispuesto a defenderla con uñas y dientes. De modo que para tratar con ellos había también que estar dispuesto a pelear hasta el final. Por otro lado, su lealtad se escribía con mayúsculas. Y la lealtad de los lobos era monolítica, indivisible.

La Ley de los Lobos. Cada lobo, ya fuera zaguero, pilier, flanker, apertura..., interiorizaba esos preceptos. A los lobos les gustaba contarse mutuamente anécdotas bélico-rugbistícas, de modo que cuando el Lobo Hervás y el Lobo Higueras escuchaban al Lobo Moreno o al Lobo Barquilla, lo único que les faltaba para completar el cuadro era algo fuerte para beber, porque si lo hubiesen tenido se habrían emborrachado y se habrían puesto sentimentales o enloquecidamente furiosos.

No, quizás no sea del todo así. En realidad, no necesitan beber nada. Estaban embriagados de solo pensar en jugar de nuevo un partido de rugby.



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